Otra vez Clint Eastwood nos ha deleitado con una película impresionante. Con la delicadeza de un miniaturista y la rabia del justiciero que fue, Harry el Sucio ha hecho no una película sobre Iwo Jima, sino una recreación (aparentemente perfecta, a raíz de los comentarios de los supervivientes) de una de las batallas más duras de la historia contemporánea.
Sólo quería, desde aquí, agradecer a Clint sus obsesiones, porque son parecidas a las mías, y su buen hacer, sin necesidad de música rimbombante o efectos especiales deslumbrantes (que también los tiene). Iwo Jima se desliza ante nuestra atónita mirada como un cielo de situaciones límite, lleno de nubes negras, pero rasgado por unos cuantos rayos de sol, de luz, de brillo y de esperanza. Ni buenos ni malos, ni listos ni tontos y, si me apuran, ni japoneses ni americanos. Todos los que combatieron en Iwo Jima eran hombres, de igual condición pero no en igualdad de condiciones. Por eso unos ganaron y otros perdieron... o al menos eso se dice.